Sara. Capítulo 1.
— ¡Mami, mami! ¡Despierta! ¡Los Reyes Magos han traído regalos! — dijo Marcos saltando de alegría en mi cama.
— ¡Marcos, cariño, me vas a hacer daño! — exclamé apartándole con cuidado.
— ¡Arriba, mamá, papá! ¿Habrán traído regalos para todos? — los ojitos azules de Marcos reflejaban el entusiasmo de estas fechas señaladas.
Por fin se acaban las festividades. A pesar de que siempre me ha gustado celebrar las Navidades en familia, este año se me ha hecho cuesta arriba. La maternidad, el trabajo de becaria en uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de Barcelona, los estudios del máster, el miedo a decepcionar a Gerardo… Siento que cada vez que Marcos me llama, tardo un segundo de más en responder.
— Uy, uy… Pues… no lo sé. ¿Y si vamos a comprobarlo? — respondí con un matiz de misterio.
— ¡Vamos, vamos! — respondió Marcos con ilusión desbordada.
Marcos desapareció antes de que pudiera terminar la frase, con la energía propia de los momentos de inocencia infantil.
— Amor, tu hijo reclama nuestra atención — dije mientras zarandeaba suavemente a mi marido.
Gerardo, desperezándose y con un bostezo, abrió los ojos. No se había enterado de nada. Qué envidia siento de aquellas personas que son capaces de dormir plácidamente, aunque el mundo se derrumbe a sus pies.
— ¿Qué ocurre, amor? — Gerardo todavía estaba confuso.
— Dios santo, Gerardo. ¿Acaso te has olvidado de qué día es hoy? 6 de enero, día de Reyes. ¿Qué hacen las familias con niños pequeños en un día como hoy? — pregunté con ironía.
— Vale, vale… No hace falta ponerse así — respondió Gerardo, con el ceño fruncido.
— Espabila. Este es uno de los mejores días de nuestras vidas y no quiero perderme la ilusión de nuestro hijo para nada en el mundo. Recuerda sacar la cámara y grabarlo — le dije mientras me levantaba de la cama.
— Vale, ya voy… Dioses, qué pereza — respondió con voz baja, para sí mismo.
Salí de la habitación con una punzada de ira en mi interior, reflexionando si realmente Gerardo era el mejor padre para mi hijo. Nunca he entendido por qué no le ilusionan estas cosas, pero debo aceptar que no todos vivimos las cosas con la misma intensidad.
Me dirigí hacia el comedor. Marcos estaba allí, sentado en el suelo con las piernas entrecruzadas, mirando fijamente el montón de regalos envueltos colocados decorativamente al pie del árbol de Navidad. Había regalos de todos los tamaños y colores. Marcos esperaba expectante, conteniendo el impulso de abalanzarse a destripar todo papel de regalo existente en el mundo. Si tuviéramos que definir qué es una trituradora, Marcos sería la definición perfecta.
— ¡Mamá, mamá! ¿Puedo abrir ya? ¿Puedo? — dijo Marcos con evidente ansiedad.
— Espera, que ya viene papá. ¡Gerardo, te estamos esperando! — dije con voz alzada.
Gerardo apareció somnoliento con la videocámara en mano y con gesto lento la encendió y se puso a grabar.
— ¡Preparados, listos… ya! — exclamé con voz divertida.
Marcos empezó a destripar regalo tras regalo en un frenesí descontrolado. En un abrir y cerrar de ojos, el comedor se transformó en un mar de colores.
Maravillado, Marcos sostenía entre sus brazos varios juguetes de sus dibujos favoritos: Bubú y Jasper, el gato y el perro galácticos. Marchó corriendo hacia su habitación dejando caos por el camino. Un caos precioso.
Suspiré. La noche en vela vigilando que el niño no se despertase, para sacar los regalos del trastero mientras Gerardo los colocaba con esmero y en silencio bajo el árbol, había dado sus frutos. La felicidad de nuestro hijo no tiene precio.
Eché una mirada hacia Gerardo, que estaba de rodillas recogiendo el estropicio que había dejado nuestro diablillo. Suspiraba, cansado. Me miró y vi sus ojos hundidos. A veces olvidaba que Gerardo tenía quince años más que yo.
— ¿Tengo monos en la cara? Podrías ayudar — me espetó, visiblemente molesto.
Gerardo suspiró y siguió recogiendo en silencio. Marché tras Marcos, dejando atrás mi responsabilidad. No quería borrar de mi retina la felicidad de mi hijo disfrutando de sus regalos en uno de sus días más esperados.
Cuando llegué a la habitación de Marcos, me quedé mirando desde la puerta cómo jugaba con sus nuevos juguetes. Adoraba esos momentos de genialidad creativa e imaginación desbordada: las aventuras de un perro y un gato viajando a través de la galaxia, recorriendo cientos de mundos nuevos que Marcos se inventaba con una eficacia maravillosa para un niño de cuatro años. Esa imaginación me fascinaba y a la vez me asustaba. Protegerlo de este mundo cruel era lo único que quería.
Ser abogada me daba una perspectiva del mundo que a Marcos ni se le pasa por la cabeza que pueda existir, pero que estremece hasta al más valiente. Homicidios, robos, violaciones… Lidio con casos así a diario y todavía soy incapaz de no estremecerme con lo que oigo y leo. Cuando veo a Gerardo trabajando en el bufete me doy cuenta de que aún me queda mucho por aprender. El nacimiento de Marcos es mi razón para ser abogada penalista. Para protegerlo. Para quererlo.
Mientras observaba los juegos de Marcos, no pude evitar sonreír y sentí que mis ojos se empañaban. Unas lágrimas empezaron a recorrer mis mejillas. Desconcertada, marché al baño.
Miré fijamente mi imagen en el espejo. Tenía los ojos enrojecidos. Marcos había heredado mis ojos. Por alguna razón, sentí el impulso de desnudarme. Me sentía sucia. Gerardo se iba a enfadar conmigo, pero me daba igual. Necesitaba relajarme. Llené la bañera con agua templada y me metí dentro.
— Alexa, pon música relajante — una música ambiental empezó a sonar del altavoz inteligente.
Me sumergí en el sonido, intentando sincronizar mis latidos con la armonía de la música zen. Pero no lo conseguía. Esa angustia seguía ahí dentro. Era una sensación ajena, pero a la vez familiar. En mi mente había lágrimas, pena, tristeza. Me sentía afligida y dolorida, aunque mi cuerpo no se sentía así. Noté unas punzadas en el abdomen. Me toqué y recorrí la cicatriz de mi cesárea con los dedos. Lo que el cuerpo de una mujer debe soportar por traer vida al mundo.
Cerré los ojos y volví a intentar relajarme. No conseguía eliminar esa impureza de mi ser, esa suciedad que me había arrastrado hasta aquí para purificarme. La angustia tomó forma en mi mente. Una forma humana, un rostro difuminado. ¿Quién era? Saqué la cabeza del agua, asustada.
Por un instante, miré fijamente los azulejos del baño. Entre los entresijos del diseño de inspiración oriental tuve la extraña sensación de que alguien más estaba mirando a través de sus dibujos.
Y por un segundo, lo vi. Ese rostro fantasmal, difuminado. Extrañamente familiar. Me sentí como si yo fuera el recuerdo de alguien que ya no existe.
Picaron a la puerta del baño.
— Sara, ¿estás ahí? — preguntó Gerardo con voz preocupada.
Sacudí la cabeza y salí deprisa de la bañera. El agua estaba fría y tenía el cuerpo entumecido. Había perdido la noción del tiempo.
— Perdona, amor. He tomado un baño rápido — respondí.
Vacié el agua de la bañera y me puse el albornoz. Salí con las zapatillas húmedas para dejar el baño a Gerardo.
— Amor, ¿estás bien? — preguntó Gerardo, visiblemente preocupado.
Gerardo cerró la puerta. Sin responder. Sin un beso de despedida. Sin nada más que una mirada ausente de ilusión, vacía de amor.
Y allí me quedé, de pie, mirando fijamente la puerta del baño como tratando de encontrar un resquicio para entrar allí dentro. Dentro del hermetismo de mi marido. Dentro de esa sombra alargada que baila en sus ojos oscuros.
Me dirigí hacia el comedor, dejando pisadas húmedas durante el camino. Y allí me detuve. Estaba impoluto. Había transformado el caos en orden. Un orden tan hermético y perfecto que me estremece pero que, a su vez, me fascina. Encontré en ese orden un espacio de paz mental durante unos instantes.
En la pared principal del salón colgaba un cuadro de Modest Urgell. Un cementerio al atardecer, cielos cargados, silencio pintado con una precisión que siempre me inquietó sin saber por qué. Gerardo lo eligió él solo, como elige todo en esta casa, al fin y al cabo, es de su propiedad y tiene la última palabra. Era lo único que no me encajaba en la estancia. Alguna vez le había sugerido cambiarlo por algo más alegre, pero siempre me daba largas. Parece que tiene alguna fijación con ese cuadro, aunque nunca me ha explicado por qué.
Pasé frente al despacho de Gerardo. Tenía la puerta abierta. Vi un rostro espectral en la repisa junto a la librería. Una máscara de madera. Antigua, de una civilización precolombina. Representaba al dios de la fertilidad, según me explicó Gerardo. Dicha representación debería alegrarme, pero esa mascara tenía algo turbio que no lograba identificar. No entendí porque tenía una rareza así en casa. Cuando me explicó su procedencia, le pregunté si no estaría mejor resguardada en la Fundación. Me respondió que era una pieza personal. No pregunté más.
¿Qué era esa sombra humana? Sé que últimamente siento mucha presión, pero eso es normal. ¿Verdad?
Traté de alejar mis preocupaciones y fui a vestirme. Me propuse disfrutar del día de Reyes con la mayor normalidad posible: jugando con mi hijo y hablando con mis padres.
Nada les haría mayor ilusión a unos abuelos primerizos que ver a su único nieto con su risa y su voz infantil. La ternura de Marcos compensaba con creces el esfuerzo de su crianza. Y la ilusión de sus abuelos al verlo aliviaba mi corazón.
Eran las once de la mañana. Me preparé un café en la cocina utilizando la cafetera profesional de la cocina siguiendo las instrucciones de Gerardo: temperatura exacta, presión exacta, mezcla exacta. Debo reconocer que el café que prepara Gerardo es perfecto porque Gerardo no concibe otra opción.
Hice una videollamada a mis padres.
— ¡Cariño! — respondió la voz más alegre que había conocido. Mi madre.
Me dirigí hacia la habitación de Marcos. El niño seguía en su mundo de batallas intergalácticas, ajeno a la realidad. Me senté detrás de él, enfocando la cámara frontal hacia los dos, dejando una imagen curiosa: una mujer desaliñada con el pelo húmedo y la viva estampa de un niño inmaculado con la alegría por las nubes tras recibir su montón de regalos.
— Marcos, cariño. ¿No vas a saludar a la yaya? — pregunté con voz dulce pero insistente.
Mi madre se quedó pasmada. Yo también.
— Cariño, ¿sabes qué significa misión suicida? — le pregunté sorprendida.
La inteligencia de mi hijo me fascinaba.
Marcos siguió a su aire, ignorándonos. Insistí un poco más, pero tras un par de respuestas vagas y la cara de resignación de mi madre, lo dejé estar. Me fui a la cocina para hablar con ella.
— Lo siento, mamá. Cuando se enfoca en una tarea es muy difícil sacarlo de ahí — dije con tono de disculpa.
Conozco a mi madre como la palma de mi mano y sé que estaba preocupada. Nunca había aprobado del todo mi matrimonio con Gerardo. Siempre decía que la diferencia de edad era importante… y la posición social también.
— Sí, tiene mucha responsabilidad — dije a mi pesar, intentando quitar hierro al asunto.
Su enfermedad, cuyo nombre nunca menciona por no aceptarlo, es un cáncer de pulmón en fase terminal. Años en la industria química le pasaron factura. Es irónico: a pesar de cumplir siempre la normativa de seguridad laboral y no haber fumado nunca, la enfermedad le ha alcanzado pocos años después de jubilarse. Mamá mantiene la esperanza a pesar de que los médicos han sido sinceros: no aguantará más de unos meses.
— ¿Puede ponerse al teléfono? — quería verlo con mis propios ojos.
No pude evitar compartir la tristeza de mi madre y contuve un sollozo, tosiendo fingidamente.
— Cariño, voy a hacer cosas de casa. Cuídate, ¿vale? Ya sabes que, a pesar de todo, cualquier cosa que necesites, estamos aquí.
¿Cómo iba a pedirle nada con la situación que tienen en casa? Si la que tendría que estar ayudando allí soy yo.
Me despedí de mamá y, asolada por la pena, me fui con Marcos. Lo vi allí sentado, ajeno al mundo real. Me senté junto a él y me puse a llorar.
Marcos levantó la mirada.
— ¿Mami, por qué lloras? ¿Estás malita? — preguntó con su voz inocente e infantil.
No pude evitar reír y llorar de emoción. Lo abracé con toda la fuerza de mi ser, sintiendo una cálida luz en mi interior. Qué bonito es ser madre. Todo vale por cada noche en vela, por cada estría de mis caderas y por cada seno levemente caído por la lactancia.
Lo vale todo.
— Gracias, cariño — respondí entre sollozos —. Muchas gracias…
Solté al niño y el pecho me dio un vuelco.
Marcos tenía la mirada ausente.
— ¿Cariño? ¿Qué te ocurre? — sentí que el corazón me iba a salir por la boca.
Y entonces lo vi.
Una sombra en la mirada de Marcos.
Y conectó con mis ojos.
Y en el interior de mi cabeza resonó…
— ¡Ayúdame, Sara! ¡AYÚDAME!
Con una voz aguda y estridente. Una voz familiar que no pertenecía a su hijo.
Con un rictus de terror en la expresión de Marcos, la luz se apagó.
* * *
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Esta noche empezaré a leerlo. Llevo años que quiero escribir ficción, pero no sé de dónde sacaré el tiempo, jaja.